martes, 25 de octubre de 2011

Crónica de desplazamiento forzado en Colombia

Mi desplazamiento de vida: De la tranquilidad en mí tierra a la desigualdad en la ciudad

Juan Carlos Echavarría se despierta cada día con más ganas de vivir, según él con mucho frio, pues en Medellín no hay día que no se despierte con sensación de temperatura baja, un día con más frío que otro, pero al final siempre con frío, o quizás como él dice con gran emoción “a veces no quisiera despertar”. Su historia es menos común que la de cualquiera de nosotros. No fue nunca como la de aquellos cuentos que le leía su madre cuando pequeño, simplemente porque siempre tenían un final feliz y la historia de él aun no la ha tenido.

Inició como un dulce y mágico cuento, y en sus ojos una luz espléndida que dejaba ver la felicidad que solo puede transmitir una persona con una vida en paz, y hasta el momento empieza a recobrar la calma. Su historia inicia en un pueblo antioqueño, en Sonsón, un lugar pacífico y como muchos de los de nuestro país, Colombia, lleno de gente pujante.

Una casa con un gran jardín en la parte trasera donde su madre sembraba tomate chonto, frutales, plátano y caña. Un río que le daba a este lugar un ambiente melodioso y era la gran dicha de muchos de los niños vecinos del lugar “la casa donde yo era feliz” manifiesta Juan Carlos, quien vivía en este lugar con su familia, conformada por su madre, su padre y su hermano mayor, con la mirada ya no tan feliz, tras un 9 de junio de 2006, el día en que fallecieron sus padres a causa de hostigamiento de las fuerzas armadas.

Un día muy común para él. Sin saber que sería ese el día más triste y definitivo de su vida, “Mi madre y Mi padre fueron asesinados, en el 2006 estábamos en la finca y cuando menos pensamos nos dijeron a mí y a mi hermano, que nos metiéramos en una habitación, cuando a los 10 minutos escuchamos unos disparos, cuando salimos, mi mamá y mi papá estaban llenos de sangre, hay mismo al otro día nos trasladaron para Medellín, a vivir muy mal con una tía”, relata con su voz entrecortada.

Tras convertirse en uno más de los desplazados de Colombia, ya sus ojos transmitían otra clase de sentimientos; ya nada era lo mismo y esa sensación de impotencia se apoderaba de su alma, su mirada albergaba cosas totalmente ambivalentes, tristeza, rencor, dolor, y al mismo tiempo ganas de luchar, sin embargo pocas cosas buenas transmitían esos ojos. De lo que había antes, ya poco quedaba. Al llegar a Medellín, tenía la esperanza de contar con la ayuda de alguna de las organizaciones que tanto se promocionan a sí mismas. Para su sorpresa, se encontró con “mentiras y babosadas” como él mismo nos cuenta.

“De pasar a tener todo en mi casa a vivir de arrimados donde una supuesta tía, eso no tiene compensación alguna, ni siquiera los programas de Acción Social lo único que nos resolvería la vida es recuperar nuestra casa, pero con el trascurso del tiempo, una familia me tiene viviendo con todas la comodidades, y dicen que me gane todo eso porque me doy a querer muy fácil, pero esta es la hora que no comprendo él porque me hicieron tanto daño y siempre he querido saber porque mataron a mis padres“, expresa Juan Carlos. Con el paso de los años tuvo que rebuscarse la vida y así conoció como él lo expresa la “vida real”, la calle sus inmensidades, sus vicios, sus costumbres, su lenguaje, sus reglas, su realidad.

Al menos considero yo, que es doloroso ver cómo tras una marcha de un pueblo “unido y hermano” han pasado ya cinco años después de que Juan Carlos y su hermano dejaron su tierra y nadie le ha tendido la mano. Es triste ver cómo la única respuesta ante la súplica de una ayuda es la indiferencia, ver que en revistas y periódicos se dedican columnas completas a temas de economía y globalización y no a historias tan desgarradoras como la de este hombre, pues “Gracias a las amistades que ha conocido en el barrio Santa Fe, ve la vida muy diferente, ya no me dan tantas depresiones, claro hay fechas en las cuales solo tomando dejo que pase el momento, un ejemplo día del padre o día de la madre“.

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